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viernes, 22 de febrero de 2008

Graffitis, ciudad y Cortázar

Parece ser que doña Ana Botella recibió una petición de los graffiteros de Madrid para que les cedieran algunas paredes en desuso, y la concejala puso el alarido en el cielo contaminado de la capital.

El debate está servido: ¿graffitis sí o graffitis no?

Para endulzarlo, puntualizaré que graffiti no es tan solo la firma en colorines de un tipo al que parece que le falta la identidad, que tiene que renombrarse una y otra vez allá donde encuentra pared.

Nop. Graffiti sólo es pintura al aire libre en objeto urbano. Un muro derruido o un vagón de tren, o la persiana del negocio de la esquina (que muchas veces paga para que el grafitero se la pinte). O la pared desconchada del portal de al lado de mi casa, que está en obras con un estercolero delante. O ese muro horroroso amarillo pollito revestido de aislante que se pega años relumbrando ahí, feísimo, porque al presidente de la comunidad ya no le llega para pintarlo.

O es también un mensaje apuntado con spray. Un mensaje social, o un mensaje de amor, a veces.
Pensadlo.
Igual se me ve el plumero (jeje) pero os dejo ahora dos regalos: un graffiti bonaerense muy divertido y un cuento de Cortázar, maestro Cortázar, que no podría ser más delicioso ni más inteligente.

GRAFFITI. (Julio Cortázar)
Tantas cosas que empiezan y acaso acaban como un juego, supongo que te hizo gracia encontrar un dibujo al lado del tuyo, lo atribuiste a una casualidad o a un capricho y sólo la segunda vez te diste cuenta que era intencionado y entonces lo miraste despacio, incluso volviste más tarde para mirarlo de nuevo, tomando las precauciones de siempre: la calle en su momento más solitario, acercarse con indiferencia y nunca mirar los grafitti de frente sino desde la otra acera o en diagonal, fingiendo interés por la vidriera de al lado, yéndote en seguida.
Tu propio juego había empezado por aburrimiento, no era en verdad una protesta contra el estado de cosas en la ciudad, el toque de queda, la prohibición amenazante de pegar carteles o escribir en los muros. Simplemente te divertía hacer dibujos con tizas de colores (no te gustaba el término grafitti, tan de crítico de arte) y de cuando en cuando venir a verlos y hasta con un poco de suerte asistir a la llegada del camión municipal y a los insultos inútiles de los empleados mientras borraban los dibujos. Poco les importaba que no fueran dibujos políticos, la prohibición abarcaba cualquier cosa, y si algún niño se hubiera atrevido a dibujar una casa o un perro, lo mismo lo hubieran borrado entre palabrotas y amenazas. En la ciudad ya no se sabía demasiado de que lado estaba verdaderamente el miedo; quizás por eso te divertía dominar el tuyo y cada tanto elegir el lugar y la hora propicios para hacer un dibujo.
Nunca habías corrido peligro porque sabías elegir bien, y en el tiempo que transcurría hasta que llegaban los camiones de limpieza se abría para vos algo como un espacio más limpio donde casi cabía la esperanza. Mirando desde lejos tu dibujo podías ver a la gente que le echaba una ojeada al pasar, nadie se detenía por supuesto pero nadie dejaba de mirar el dibujo, a veces una rápida composición abstracta en dos colores, un perfil de pájaro o dos figuras enlazadas. Una sola vez escribiste una frase, con tiza negra: A mí también me duele. No duró dos horas, y esta vez la policía en persona la hizo desaparecer. Después solamente seguiste haciendo dibujos.
Cuando el otro apareció al lado del tuyo casi tuviste miedo, de golpe el peligro se volvía doble, alguien se animaba como vos a divertirse al borde de la cárcel o algo peor, y ese alguien como si fuera poco era una mujer. Vos mismo no podías probártelo, había algo diferente y mejor que las pruebas más rotundas: un trazo, una predilección por las tizas cálidas, un aura. A lo mejor como andabas solo te imaginaste por compensación; la admiraste, tuviste miedo por ella, esperaste que fuera la única vez, casi te delataste cuando ella volvió a dibujar al lado de otro dibujo tuyo, unas ganas de reír, de quedarte ahí delante como si los policías fueran ciegos o idiotas. Empezó un tiempo diferente, más sigiloso, más bello y amenazante a la vez. Descuidando tu empleo salías en cualquier momento con la esperanza de sorprenderla, elegiste para tus dibujos esas calles que podías recorrer de un solo rápido itinerario; volviste al alba, al anochecer, a las tres de la mañana. Fue un tiempo de contradicción insoportable, la decepción de encontrar un nuevo dibujo de ella junto a alguno de los tuyos y la calle vacía, y la de no encontrar nada y sentir la calle aún más vacía. Una noche viste su primer dibujo solo; lo había hecho con tizas rojas y azules en una puerta de garage, aprovechando la textura de las maderas carcomidas y las cabezas de los clavos. Era más que nunca ella, el trazo, los colores, pero además sentiste que ese dibujo valía como un pedido o una interrogación, una manera de llamarte. Volviste al alba, después que las patrullas relegaron en su sordo drenaje, y en el resto de la puerta dibujaste un rápido paisaje con velas y tajamares; de no mirarlo bien se hubiera dicho un juego de líneas al azar, pero ella sabría mirarlo. Esa noche escapaste por poco de una pareja de policías, en tu departamento bebiste ginebra tras ginebra y le hablaste, le dijiste todo lo que te venía a la boca como otro dibujo sonoro, otro puerto con velas, la imaginaste morena y silenciosa, le elegiste labios y senos, la quisiste un poco.
Casi en seguida se te ocurrió que ella buscaría una respuesta, que volvería a su dibujo como vos volvías ahora a los tuyos, y aunque el peligro era cada vez mayor después de los atentados en el mercado te atreviste a acercarte al garage, a rondar la manzana, a tomar interminables cervezas en el cafe de la esquina. Era absurdo porque ella no se detendría después de ver tu dibujo, cualquiera de las muchas mujeres que iban y venían podía ser ella. Al amanecer del segundo día elegiste un paredón gris y dibujaste un triángulo blanco rodeado de manchas como hojas de roble; desde el mismo café de la esquina podías ver el paredón (ya habían limpiado la puerta del garage y una patrulla volvía y volvía rabiosa), al anochecer te alejaste un poco pero eligiendo diferentes puntos de mira, desplazándote de un sitio a otro, comprando mínimas cosas en las tiendas para no llamar demasiado la atención. Ya era noche cerrada cuando oíste la sirena y los proyectores te barrieron los ojos. Había un confuso amontonamiento junto al paredón, corriste contra toda sensatez y sólo te ayudó el azar de un auto dando vuelta a la esquina y frenando al ver el carro celular, su bulto te protegió y viste la lucha, un pelo negro tironeado por manos enguantadas, los puntapiés y los alaridos, la visión entrecortada de unos pantalones azules antes de que la tiraran en el carro y se la llevaran.
Mucho después (era horrible temblar así, era horrible pensar que eso pasaba por culpa de tu dibujo en el paredón gris) te mezclaste con otras gentes y alcanzaste a ver un esbozo en azul, los trazos de ese naranja que era como su nombre o su boca, ella así en ese dibujo truncado que los policías habían borroneado antes de llevársela; quedaba lo bastante como para comprender que había querido responder a tu triángulo con otra figura, un círculo o acaso un espiral, una forma llena y hermosa, algo como un sí o un siempre o un ahora.
Lo sabías muy bien, te sobraría tiempo para imaginar los detalles de lo que estaría sucediendo en el cuartel central; en la ciudad todo eso rezumaba poco a poco, la gente estaba al tanto del destino de los prisioneros, y si a veces volvían a ver a uno que otro, hubieran preferido no verlos y que al igual que la mayoría se perdieran en ese silencio que nadie se atrevía a quebrar. Lo sabías de sobra, esa noche la ginebra no te ayudaría más a morderte las manos, a pisotear tizas de colores antes de perderte en la borrachera y en el llanto.
Sí, pero los días pasaban y ya no sabías vivir de otra manera. Volviste a abandonar tu trabajo para dar vueltas por las calles, mirar fugitivamente las paredes y las puertas donde ella y vos habían dibujado. Todo limpio, todo claro; nada, ni siquiera una flor dibujada por la inocencia de un colegial que roba una tiza en la clase y no resiste el placer de usarla. Tampoco vos pudiste resistir, y un mes después te levantaste al amanecer y volviste a la calle del garage. No había patrullas, las paredes estaban perfectamente limpias; un gato te miró cauteloso desde un portal cuando sacaste las tizas y en el mismo lugar, allí donde ella había dejado su dibujo, llenaste las maderas con un grito verde, una roja llamarada de reconocimiento y de amor, envolviste tu dibujo con un óvalo que era también tu boca y la suya y la esperanza. Los pasos en la esquina te lanzaron a una carrera afelpada, al refugio de una pila de cajones vacíos; un borracho vacilante se acercó canturreando, quizo patear al gato y cayó boca abajo a los pies del dibujo. Te fuiste lentamente, ya seguro, y con el primer sol dormiste como no habías dormido en mucho tiempo.
Esa misma mañana miraste desde lejos: no lo habían borrado todavía. Volviste al mediodía: casi inconcebiblemente seguía ahí. La agitación en los suburbios (habías escuchado los noticiosos) alejaban a la patrulla de su rutina; al anochecer volviste a verlo como tanta gente lo había visto a lo largo del día. Esperaste hasta las tres de la mañana para regresar, la calle estaba vacía y negra. Desde lejos descubriste otro dibujo, sólo vos podrías haberlo distinguido tan pequeño en lo alto y a la izquierda del tuyo. Te acercaste con algo que era sed y horror al mismo tiempo, viste el óvalo naranja y las manchas violetas de donde parecía saltar una cara tumefacta, un ojo colgando, una boca aplastada a puñetazos. Ya sé, ya sé ¿pero qué otra cosa hubiera podido dibujarte? ¿Qué mensaje hubiera tenido sentido ahora? De alguna manera tenía que decirte adiós y a la vez pedirte que siguieras. Algo tenía que dejarte antes de volverme a mi refugio donde ya no había ningún espejo, solamente un hueco para esconderme hasta el fin en la más completa oscuridad, recordando tantas cosas y a veces, así como había imaginado tu vida, imaginando que hacías otros dibujos, que salías por la noche para hacer otros dibujos.

jueves, 31 de enero de 2008

Tiendas de souvenirs y banderas


No sé si reirme de la gracia que tiene el ser humano, o llorar con desgarro por el fin absoluto de la soledad.

En la Antártida hay una oficina de correos, con buzón y todo, una iglesia católica y otra otodoxa rusa que trajeron en ferrys desde allá, una sucursal bancaria chilena, un gimnasio, internet, una cabina telefónica pública y, al margen de las bases militares y científicas, un pueblo de 39 habitantes. Ah, y en ese pueblo en el que lo normal es que la escuela, la oficina de correos, el banco, la aduana (que también la hay) y la iglesia estén cerrados, ahí a 20 metros de los pingüinos de la bahía, hay una tienda de souvenirs.


Sebas, gran tipo de Ushuaia, nos contó hace poco la historia de su suegro, uno de los pioneros de la Antártida. Después de llegar allá con su unidad militar, se le metió la piedra austral en la cabeza. Cada senda inexplorada de la Antártida, él la caminaba. Fue el primer argentino en llegar caminando al punto del Polo Sur. Puso una bandera albiceleste entonces, hacia 1964. Bastantes años después, participó en un homenaje militar internacional también en el polo sur. Todos los representantes pusieron su bandera, pero él se quiso morir: ¡Había olvidado llevar la bandera argentina! Resopló y dijo: Ahora vuelvo. El resto de los delegados se miraron alucinados, adónde va este flaco, se decían. Y el tipo fue al lugar exacto donde hincó la bandera aquella primera vez, la llevó de vuelta al punto donde le esperaban y plantó la albiceleste. En el horizonte blanco helado del polo sur. Ese sí que era un tipazo.

jueves, 13 de diciembre de 2007

Tradición y gran ciudad

"Soy rural. De un provincianismo congénito que mira con ojos esquivos todo lo que huele a cemento más allá del revoque de las paredes. Cuando era joven y saltaba por las peñas, como Heidi, cantaba Mediterráneo a voz en grito en las estrofa en que Serrat le iba a dar verde a los campos y amarillo a la genista y no tenía que mirar el diccionario para localizar la palabrita porque en nuestro monte también crecía la retama de flor amarilla.

En esta ciudad que ahora se convierte en 'grande' fui una de las primeras fumadoras públicas, divorciadas a escondidas y conductoras de Mini Morris, que las mujeres de entonces no es que fueran muy liberales... Las tapas en las calles, los vinos con sifón, las barricas para apoyar el pincho siempre han formado parte de la gracia que tenía Logroño, como las cuadrillas maduritas de las terrazas de los cafés, repantingadas por todo el ancho de la acera, llamando a voces al amigo que pasaba, al que habían visto el día anterior.

Mis hijos le compraban chucherías al Tolo, chicles de a peseta y polos de limón, antes de bajar con las toallas a la Playa sin mar del Ebro, a esas piscinas de bordes de piedra y mosquitos histéricos. En esas tardes de verano llevé a mi hija por primera vez al cine, al antiguo Sahor de sesión continua, donde vimos E.T. tres veces seguidas.

Entrar a la estación del tren me da pudor. Me ha visto partir entre un grupo de hippies rumbo a París con billete de ida, y regresar por sorpresa de Madrid cargada de maletas. Me ha visto, y no me avergüenza, llorar durante cincuenta kilómetros por el amor al que decía adiós desde la ventanilla.



Ahora Logroño tiene que convertirse en una gran ciudad por mandato soberano de la Ley. Eso se nota en las calles como pistas de aterrizaje y plagadas de vallas, de nuevos complejos cinematográficos llenos de malas películas, de paneles informativos de obras, de ordenanzas contra el ruido, contra los fumadores, contra los bares, contra los botellones, contra la visión de las vías del tren medio abandonadas (...)"




Sí, así era. Y a todo esto hay que añadir que en tiendas, bares y mercados te llamaban por tu nombre y preguntaban por tu madre y por tu tío. Y el cuarto café o la tercera ronda te salían por la cara. Es paradójico, eso sigue pasando en Madrid, donde te ponen la tapa, casi te piden que no te vayas, el camarero acaba dejando el trapo para hablar contigo desde el borde de la barra y la última siempre es la penúltima, que para algo invita la casa. En Logroño, la ciudad pequeña, ya no. Que quiere ser grande.

sábado, 8 de diciembre de 2007

A pozaladas

Palabras a pozaladas, a cascoporro. Páginas web de chichinabo.
Bellas y algo ruralotas expresiones sonoras y desusadas -exceptuando a los chanantes-
De todo eso y de mucho, mucho más, hablaba una amiga mía -que tiene ya muchos post- en su petición del otro día. Buscaba la lista de palabras apadrinadas, y con su permiso transcribo sus razones:

"Voy a apadrinar pozal, sí señor. Porque me recuerda a mi infancia, a mi abuelo, a su casa, al sabor de los huevos fritos de verdad, al olor del café recién hecho, a los gazapos separados de sus padres para que no se los coman, a mi macho Lucero que se murió de viejo y a mí me dijeron que lo habían vendido, a los gatos callejeros, al calor de las 3 de la tarde de agosto, al frío de invierno de no separarse del brasero, al velar a los muertos en las casas toda la noche, a las procesiones con los pies descalzos y a muchas otras cosas que ya no están en mi vida. Jamás pensé que una sola palabra me pudiese evocar tantas cosas".

Como no le dejaron incluir su palabra querida en la lista (igual porque ya no están en los medios, porque ZP y Rajoy ya no entran en esa web), se la incluyo yo en la mía como homenaje a su abuelo, a su gazapo Lucero, al pueblo de Igea y a todo aquello que será su memoria futura. Ni la ciudad ni su ritmo, ni la anemia mental ni la asepsia emocional pueden barrer el recuerdo de una tarde en el pueblo, habráse visto qué rurales hemos salido...

viernes, 30 de noviembre de 2007

Y postre


Ayer me encontré en el metro de Madrid a Charlot. Parecía más corpulento que en el cine, debe ser la primera persona a la que la pantalla le adelgaza. Se balanceaba de lado a lado, moviendo su bastón, y dio un pequeño traspiés al llegar a las escaleras mecánicas, pero no se cayó ni nada, por suerte.

Yo iba deprisa, como siempre en el metro, y pasé a su lado y me salió darle la bienvenida:

Bienvenu, monsieur, le dije bajito. Salió francés porque no sé polaco.

Charlot me miró con unos ojos muy, muy azules (qué raro? En blanco y negro parecían oscuros...) y muy abiertos, y torció los morritos debajo del bigotón.
Me dejó pasar y parpadeó varias veces, como sorprendido. No dijo nada, claro, es mudo.
Ayer me encontré en el metro de madrid a una chica en pantalones pirata y chanclas. Chanclas brasileñas. En noviembre.
Creo que debe de ser la semana en que han sacado a todos los actores y performantes de Madrid a las escaleras del metro.

jueves, 29 de noviembre de 2007

Aperitivo

DESPERTAR ES RENACER cada día.
Y ya la luz nos aguarda.
Ya está ahí comenzada, la historia que haya que proseguir.
Despertar es entrar en un sueño ya en marcha, venir desde el desierto puro del olvido y entrar, lo primero, en nuestro propio cuerpo, recordarlo sin rencor, entrar a habitarlo y recuperar nuestra alma, con su memoria, y nuestra vida, con su quehacer.
Entrar como en un capullo tejido por innumerables gusanos afanosos; retomar nuestro hilo en el capullo fabricado incansablemente por el gusano-hombre, hacedor de ensueños que se objetivan, fabricador de historia.


Maravillosa María.

lunes, 12 de noviembre de 2007

14 meses de vuelta al mundo

Catorce laaaargos, largos meses desde que la Expedición Anteriormente Conocida Como Un Mundo Aparte (en adelante EACC-UMA) salió del Puerto de la Sal de Sevilla -como Elcano- y del Mirador de Campos de Autilla del Pino -como El Viaje de los Tres Océanos-.

Andan aún empeñados en su decisión de dar la vuelta al mundo, sin un Rigodón que les alivie las durezas del camino, y ya han vadeado el río más largo, han subido a la cumbre más alta de América, han pasado por el único país que tiene más osos que personas, han sido detenidos en Moscú, robados en Suecia, tienen las llaves de una ciudad, han jugado con pirañas, cocodrilos, monos aulladores y tarántulas, se han bañado a 27 grados bajo cero y a treinta sobre idem, han solazado su mirada en aguas celestes y han dormido en los coches bajo la nieve implacable.

Y ahora nos lo muestran en una promoción que impresiona tanto por su belleza y ritmo como por su silencio.






Viéndolo, me dan ganas de retomar la iniciativa popular del PTY (Partido por el Teletransporte Ya), y no volver a pisar una sola calle que no depare una sorpresa.



Por ahí abajo está el link a su página web.