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sábado, 13 de junio de 2009

EL VENDEDOR DE BOTIJOS

El vendedor de botijos ha llegado a la ciudad (a Madrid). Con su barro en las manos y su grito, altanero, el de quien sabe algo que los demás desconocen:


-¡Botiiiijooooos! ¡Botijos pal agua frescaaaaaaa!



lunes, 6 de octubre de 2008

Hay gente que me deja con la boca abierta

Y luego está mi madre.
Voy a la estación de autobuses, buscando el Continental que llega de Logroño a Madrid con su aroma a ciudad impoluta y sus gallinas amarradas al parachoques. De provincias. Lo veo llegar y me acerco, y el conductor me sonríe por encima del volante.
Abre la puerta y desciende hablando.
-Usted es la señorita que viene a buscar las pruebas médicas.
-Ah, ¿me ha reconocido por las radiografías?
-No le hacen justicia, la verdad.

Me alegra su agudeza y le sonrío, acompañándole hacia el lateral del autobús, de donde saca un par de cartones enormes cerrados con cinta adhesiva.
-No, no, no lo coja. Ya se lo llevo yo. Que ya me ha dicho su señora madre que tiene usted el hombro mal y que viene a buscar las radiografías para enseñárselas a un médico de Alicante. Me ha pedido que le diga que el médico que ella ha visitado dice que no tiene los ligamentos rotos, o los tendones, no sé. Y que esto debe de ser algo del cuello, nada más. Y que no se ponga triste, que esto se acabará pasando. Porque ya me ha contado que se ha muerto su tío estos días, y que lo estará pasando muy mal aquí sola en Madrid. Pero que no se preocupe, que seguro que se va a poner bien.

Dejo pasar un silencio que no sé si se nota más incómodo o sorprendido.
-Ya veo que le ha dado una buena charla… Habla mucho, mi madre.
-Sí –dice él-. Y bien, además. Es muy cariñosa.
-Bueno. Pues muchas gracias. Y si la ve la próxima vez, corra.
-¡Ja! Le daré saludos. Espero que se cure usted pronto.
-Sí, gracias. Adiós –me despido cargando con los cartones como si me los llevara a mi refugio.
-¡Ah! –me grita el chófer mientras me alejo- ¡Y dice que pase por la peluquería antes de volver a Logroño!

viernes, 26 de septiembre de 2008

extranjeros y chinos

Ayer pedí comida china a domicilio. Vino uno con gafas, motorizado -eso exige que lleve casco, y un chino con casco parece aún más la hormiga atómica- y haciéndose pis, así que me pidió permiso para pasar al aseo. Y, como era de esperar, cuando se fue no bajó la tapa.

El otro día estaba esperando a que me llegara un paquete en la estación de autobuses de Madrid cuando me abordó un joven de aire musulmán. Halil, mauritano. Me enteré porque me abordó en francés, que si llega a usar el árabe me quedo igual. Le eché una mano escueta, explicarle cómo funciona un teléfono, atender a que terminara la marcación y, después, acercarme a él para indicarle un cambio de andén para su autobús a Zaragoza. El joven mauritano exhibía una sonrisa llena de dientes y abrió su maleta de cuero. Llevaba una enorme bolsa de plástico llena de afeites y abalorios de regalo y me dio un collar de cuentas blancas.

Un ratito después, ya inspirada, encontré a otro árabe en el metro. Era un trabajador de la Embajada de Jordania (yagdinyia) que no hablaba una palabra de ningún idioma romance o anglosajón. Me miraba de reojo sentado en el andén, y yo leí con descaro el papelote que llevaba con alguna indicación. Sólo había una palabra en castellano: corazón.

Por fin llegué a mi destino, me encontré con una amiga y nos fuimos hacia su casa. Eran las once de la noche en el barrio de la Prosperidad. Y se nos cruzó un chico negro enorme, podría ser subsahariano. Con un español entrecortado nos preguntó por una farmacia de guardia. No conocíamos ninguna y no había muchas donde mirar en esa zona. Al preguntarle, nos contó que era trabajador de la construcción y que le dolía mucho la espalda. -Vuélvete, le pedí. Y cuando me dio la espalda le pillé por sorpresa y le subí la camiseta. Dio un respingo, mi amiga abrió mucho los ojos y yo le palpé las oscuras lumbares. Le eché una bronca por tener esas contracturas sin ir al médico, le dimos unas pastillitas de emergencia y le mandamos andandito a por una farmacia de guardia, así tuviera que caminar media noche. Una manzana más allá le vimos irse derecho a su casa.

sábado, 14 de junio de 2008

EL FERRARI Y EL BASTÓN


Por esas tierras de Castilla, anchas y planas como el pecho de un varón –de unos más que otros- andábamos sobre ruedas hace unos días mi amiga Elenita y yo misma, a bordo de uno de esos Ford Focus que se han vendido como churros. Con el solecito de la tarde paramos a tomar café en una mítica estación de servicio de la A-1, una que está rodeada de huertas burgalesas.
Y conforme salíamos del bar fumándonos el cigarro del café (porque, claro, ya no se puede fumar en las cafeterías de las gasolineras) bajando hacia el coche para reemprender camino. Y entonces una luz roja nos cegó. Era el resplandor de terciopelo metálico de un Ferrari rojo nuevecito, nuevecito, que llevaba la etiqueta aún colgando de las crines del caballito.
-Mira, un Ferrari –advierte Elenita con buen juicio y cierto desinterés (es muy pija).
Miramos y, entonces, el silencio.

-Pero ¿cuántos años tiene ese señor? –pregunto yo, mirando alucinada al que me parecía, cuando menos, sesentón conductor del Ferrari.
Elenita y yo debatimos entre risitas teorías sobre la pitopausia –menopausia masculina-, la crisis de la mediana edad y la de la tercera edad, el Euromillón, el macho alfa dominante y la proyección del eros en los objetos fetiche de la hombría, cuando ella se descolgó diciendo:
-¡Ay, ay! Que saca el bastón!!

Ya al borde de la carcajada, me giro y le veo por fin en toda su hechura. El hombre del Ferrari no era un sesentón ni tenía pinta de premiado de la Lotería. Era un abuelo de huerto, clásico, con su rebequita azul marino de lana, sus pantalones de pana, un sombrerito tirolés de fieltro y… las bambas. ¿Quién conduce un Ferrari con bambas, por amor de Dios? Pero si a Jesulín de Ubrique Ferrari no le quiso vender un coche, ¿quién se lo ha regalado a este señor?! Las manitas a la espalda, claro, el vientre abultado hacia delante, mostrando en lo alto lo que era no un cinturón –de ciudad- sino la correa, la misma correa fina de hebilla dorada que quitaban los abuelos para darle zurras a los nietos.

Ahí nos quedamos, mirándole como caminaba hacia el bar, seguras de que iba a pedir un quemadillo, con la boca abierta y una risilla contenida cuando, a nuestra espalda, una pareja de muchachos de nuestra edad en otro Ford Focus, que también miraban al dueño del Ferrari fascinados, llegaron fumando hasta nuestra espalda.
-¡Vaya máquina lleva el abuelo, ¿eh?!

martes, 20 de mayo de 2008

No sin mis tacones


Soy muy fetichista. Sobre todo para los zapatos. Aunque siempre parezca que me acaban de sacar del cubo de la basura, la impresión es causada sólo porque no tengo dinero y porque soy muy descuidada.

Pero sufro una atracción irresistible que sólo me afecta cuando paso por el escaparate de una zapatería. Este mes estoy contenta (pequeña de mí) porque voy a escribir un reportaje sobre los zapatos rojos, no los de Andersen sino los que hacen que el asfalto se quiebre con cada pisada. Zapatos rojos de tacón alto, puntera peet toe, brillo y talón cerrado a lo Marilyn Monroe, a lo mito del cine mucho a finales de los cuarenta.

Mmmmmmm...

Eso es fetiche de erótica transparente, recordatorio de poder y peligro.


Pero este post solo pretendía homenajear a la frase de la temporada, la que no podremos olvidar en años:

OTR Press, hoy.

"Sin tacones no puedo pensar"

Victoria Beckham (sí, ¡ella!) dixit.


PD: léanse el artículo, no tiene desperdicio. Hay frases tan remarcables como "sin tacones no me puedo concentrar" (¡amiga, has tenido tres hijos! ¿te vas a la cama en tacones?)

o mi favorita: "Yo bebo a todas horas. Me encanta tomar una copa". Ays.


viernes, 30 de noviembre de 2007

Y postre


Ayer me encontré en el metro de Madrid a Charlot. Parecía más corpulento que en el cine, debe ser la primera persona a la que la pantalla le adelgaza. Se balanceaba de lado a lado, moviendo su bastón, y dio un pequeño traspiés al llegar a las escaleras mecánicas, pero no se cayó ni nada, por suerte.

Yo iba deprisa, como siempre en el metro, y pasé a su lado y me salió darle la bienvenida:

Bienvenu, monsieur, le dije bajito. Salió francés porque no sé polaco.

Charlot me miró con unos ojos muy, muy azules (qué raro? En blanco y negro parecían oscuros...) y muy abiertos, y torció los morritos debajo del bigotón.
Me dejó pasar y parpadeó varias veces, como sorprendido. No dijo nada, claro, es mudo.
Ayer me encontré en el metro de madrid a una chica en pantalones pirata y chanclas. Chanclas brasileñas. En noviembre.
Creo que debe de ser la semana en que han sacado a todos los actores y performantes de Madrid a las escaleras del metro.

jueves, 14 de junio de 2007

Super-Trich, el Monstruo de los Cajeros.

Tenemos semana de héroes, señora.

Una banda de rumanos, espectadores acongojados y una joven indefensa. Sirenas de policía en lontananza (sí, esto lo pone mi imaginación). El escenario, un cajero de Caja Madrid de cualquier calle de la capital.
Con agilidad dactilar, la joven -en adelante Trich- pulsa número secreto-sacar dinero-otras cantidades-10 euros cuando ve con sorpresa una hoja de periódico tapando la pantalla y la ranura por donde debe salir el dinero.
Atónita, se gira dando manotazos al aire y encuentra la oposición de dos jóvenes rumanos que le empujan mientras uno de ellos pulsa algo en la pantalla, algo que Trich no puede ver. Se asusta entonces y su mente trastornada rechaza el concepto de peligro. Trich empieza a gritar como una hidra: "¡Que me roban! ¡Socorrooo! ¡Apártate de mi dinero! ¡Maldito tunante!", y otras cosas peores que no se ponen en un blog.
Pero, ¿la ayudaron? ¡No! Los espectadores ejercían de mirantes, aislados todos en su soledad, con la boca abierta y el corazón encogido, sí, pero también con las piernas y brazos inmóviles y cierto ceño de curiosidad.
La banda de rumanos maleantes (que eran dos, de modo que pueden ser banda) empujó entonces a la joven y se hicieron con la tarjeta de Trich. Pero ella se zafó, les arrebató de malos modos la misma tarjeta de las manos y ellos, con gesto de perplejidad, marcharon calle abajo con su hoja de periódico grasienta de delito.
Pero, ¡ay! Trich se da cuenta entonces de que la ranura del dinero está vacía. ¡Horror! ¡Tanto trabajo para dar sus frutos a unos ladrones! ¡No! El sentimiento de injusticia es tan grande que todo el cuerpo de la joven gira, se estremece y deja paso a la hidra, a la heroína, a SUPER TRICH!!
SuperTrich corre calle abajo y, al grito de ¡Devuélveme mi dinero, hijo de puta! le arrea al rumano más cercano un puntapié soberano, aplicado con impulso, que va a pegar donde no hay hueso. Aún va SuperTrich a seguir la paliza, con las fauces abiertas y salivando improperios, pero el rumano abre mucho los ojos con gesto herido y se muestra a sí mismo el contenido del hurto, aún en su puño cerrado.
¡Son diez euros! Claro, el rumano lo ve y se le queda cara de alucinado. Seguramente lo que farfulló en su idioma natal fue: "¡Toma tus diez euros, loca de mierda!", cuando entregó el montante del robo a SuperTrich.
Ella, dignísima, se giró satisfecha del deber cumplido y recibiendo los ánimos de un espectador acongojado: "Has sido muy valiente, ¿te han robado mucho?".
Manda narices.

Con esos diez euros recuperados, SuperTrich envolvió a las hydras en los rizos de su pelo, paró un taxi porque le temblaban las piernas, y se echó a llorar.
El taxi le costó 6,5 euros.

Hay momentos heróicos por diez euros.
Para todo lo demás, Mastercard.

miércoles, 23 de mayo de 2007

Los peristas

El lenguaje evoluciona al ritmo en que varía la vida, creemos -sobre todo por lo que dice el Diccionario de la RAE-.
Por eso iniciativas como la que apuntaba hace unos cuantos post, la de las palabras apadinadas, antiguas expresiones que usábamos antes y que ahora, o no las necesitamos, o las hemos sustituido. Y en el peor de los casos, olvidado.

Pero no siempre es así. Por ejemplo. Dice el DRAE:
"Perista: Persona que comercia con objetos robados a sabiendas de que lo son"
Yo no diré tanto, ni mucho menos, pero cada uno que piense lo que quiera. Vamos con ello:

Tenía algunos monitores viejos que ocupaban mucho espacio y de los que necesitaba deshacerme, y encontré la opción de verderlos a una tienda de compraventa de objetos, bastante conocida.
Sola en casa, un lunes de puente por la tarde, enrolé a una amiga para que pasara a recogerme con el coche. Con estos bracitos de mantequilla bajé los monitores del altillo, uno a uno los metí al ascensor, uno a uno los llevé hasta el exterior del portal, uno a uno los subí al coche cuando ella llegó.
De nuevo con los mismos bracitos, ya más hinchados tras el esfuerzo anterior, uno a uno saqué los monitores del coche a la acera y uno a uno, pasito a paso como las hormigas, los fui acercando hasta la puerta del local.
5,10 pm

Había ya en esta tienda de compraventas -acceso por puerta "ventas"- una media docena de personas esperando turno, cada uno con sus paquetes. En ese momento, el mostrador estaba ocupado, oculto diría yo, por una chica morena con un bolso de deporte, del que estaba extrayendo todos los objetos de lo que podía ser una lista de boda homeless: unos doscientos VHS nuevos y envueltos, alrededor de mil CDs de música utilizados, una plancha, batidora, tostadora, sandwichera, un secador, una depiladora...

El proceso de venta esel siguiente: uno llega al mostrador, expone su mercancía. El dependiente pregunta cuánto quiere por ello y, si el material es bueno, cuánto es el mínimo que permite. Entonces, explica que tiene que dar la información a sus superiores, quienes fijarán un precio. Por fin vuelve, ofrece la pasta y se cierra el trato.

Mientras mi amiga y yo esperábamos, fueron desfilando un chico con dos bicis de monte, que recibió cuatro o cinco billetes de 20 euros; un tipo con un portátil Airis que esperó más de media hora para que el dependiente para que le dieran 250 euros; otro señor con una cámara de video, uno con un fax que se fue sin vender...
Y con nosotras esperaban unos cuantos señores que entraban y salían, que veían aparecer a alguien y le llamaban por su nombre. Señores flacos y con pocos dientes, con mala dicción y cierto aliento a vino.
En un momento dado, tras muchas quejas porque llevaban esperando demasiado, un nuevo dependiente asomó la cabeza. Los señores flacos se levantaron saludándole con confianza. Se reunieron en una esquina del mostrador y uno de los señores flacos abrió una bolsa negra y le mostró una ¡...radio de coche!
-Que esperemos un poco -comunicó el señor flaco, volviéndose a otro señor desdentado.
Yo miraba el cartel sobre mi cabeza, ese que avisa de que todo el mundo debe identificarse porque la policía inspecciona a diario la mercancía comprada...

Por fin me tocó el turno. Cargué con ayuda de los señores con aliento a vino los monitores sobre el mostrador y exhibí una sonrisa.
-¿Cuánto pides por ellos? -pregunto el dependiente.
-Bueno, le has dado 250 al del ordenador -argumenté-, así que dame a mí 200 por todo.
-Voy a preguntar.
Tuve suerte y, al menos, salió enseguida. Seguro que había ido a fumarse un cigarro.
-Lo siento -mal comienzo-: Te ofrecen 10 por cada uno de los grandes y 3 por el pequeño.
23 euros.
Las 7,05 pm.
Dos horas, cinco moratones, tres monitores. 23 euros.

Muertas de vergüenza y risa, mi amiga y yo salimos.
-Si lo llegamos a saber -nos dijo uno de los señores flacos- te los compro yo en la puerta.

-Fíjate -le dije a mi amiga-, estas son las nuevas almonedas.
-No. Son los nuevos peristas.

lunes, 29 de enero de 2007

El Día de los Raros

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¿Era ayer, por casualidad, el Día Internacional de los Raros? ¿Era su sede de concentración Madrid, acaso?
Dos ejemplos:

ocho treinta de la mañana, Plaza España, un señor chino, bajito, moreno, con un chandal oscuro hace cosas con los brazos. Una señora china, rubia, delgada y bajita, con otro chandal verde claro imita todos sus gestos. Pero el de oscuro no se pica. Igual es que están sincronizados. Levantan una pierna, la estiran a un lado, pasan un brazo mirando al cielo por delante de su nariz, se llevan el otro al tobillo. Muy raros. No miran las estatuas y hace un frío que pela, y la gente que pasa les hace fotos. Yo no, que voy al trote. Oigo que alguien dice: "Mira, qué guay, haciendo tai chi..." ¿Serán de la misma secta?

cinco treintaycinco de la tarde, metro de Argüelles, línea marrón. Me siento en el vagón (en Argüelles inicia la marcha, y siempre hay sitio) y me pongo a leer mis cositas. De pronto, oh situación inaudita, oigo una carcajada. Jajajaja!!! Alzo la vista, y una señora con los ojos chiquititos por la risa intenta en vano ahogar su alegría. Mi cara es de estupor, dicen que si uno se ríe solo es que está loco. Vuelvo a lo mío. A las dos estaciones, nueva carcajada. Miro alrededor y hallo el motivo de su risa. Dos asientos más allá del suyo, justo en frente del mío, está sentado un señor muy calladito. Lleva traje marrón a rayas, gafas de pasta oscura, una camisa que algún día debió de ser blanca, color de los calcetines que luce bajo los mocasines. Será cincuentón. Y si no habla no es por timidez, sino porque está dormido como un tronco. Y la buena mujer se ríe de las cabezadas enormes que da, al ritmo del traqueteo del tren, que en una curva le llevan a descoyuntarse la cerviz contra el fuselaje y en la siguiente curva le dejan tendido como un niño sobre el regazo de un joven rumano que no sabe ya qué hacer. Varias estaciones más y el rumano se levanta. Al cincuentón, que pierde la estabilidad, se le caen la baba y las gafas. El rumano se las dobla y las deja en el bolsillo del traje. El angelito ni se entera. Ya medio vagón se ríe, con más alegría ahora visto que el tipo no despierta, cabeza para aquí y cabeza para allá. Y empiezan las elucubraciones: ¿cámara oculta? ¿dónde? ¿estará pirirpi que no se entera? A ver si le van a desplumar... ¿cuántas estaciones llevará así? Y en estas, tras la siguiente estación, todos vemos con claridad como una joven de estas de metro ochenta, patas largas con mini-minifalda, bucles rubísimos y abrigo ceñido se le sienta al lado. Las carcajadas se cuelan entre los dedos que tapan bocas, como golpes de hipo o de tos. Y al hombre se le cae la cabeza sobre el prolijo pecho de la joven. Ahí hasta yo me río. La joven respinga, unos jóvenes le chistan, otros le provocan con una pluma y la mujer de enfrente ya se ríe a sus anchas. Cuando dejamos el vagón, yo sé cómo se llama la mujer, cómo era cada persona que llegó al metro, qué tipo de carácter tenía cada uno. Y pienso, qué rara esta mujer, que se reía tan a gusto y no estaba loca.